martes, 10 de junio de 2014

El pirata Alpargata




El Pirata Alpargata era un jefe pirata como todos los demás. Tenía un garfio en una mano, un
parche en un ojo y una pata de palo, y es que era un poco despistado este pirata y todo lo
perdía. Una tarde, mientras asaltaba un barco enemigo, entre el enorme lío de gente, perdió
una pierna y nunca la volvió a encontrar y en su lugar tuvo que ponerse una de madera como
hacían todos los piratas. Y lo mismo le ocurrió con la mano y con el ojo. Pero para colmo de
sus desdichas en el pie que aún conservaba el pirata Alpargata tenía un juanete, que le hacía
ver las estrellas cada vez que se calzaba sus lustrosas botas de pirata, por lo que nuestro
amigo sólo podía usar alpargatas, mejor dicho, alpargata. Y es por eso que era conocido en el
mundo entero como el Pirata Alpargata.

Pero un día durante un viaje por alta mar, se desató una tormenta con truenos, relámpagos y
mucha, mucha, mucha lluvia. Y ¿sabéis lo que pasó? Pues que su alpargata se mojó y, claro,
se estropeó. Al Pirata Alpargata no le quedó más remedio que ir a buscar otro zapato. Así que
cuando se calmó la tempestad se decidió a encontrar al mejor zapatero del mundo que le
hiciera un zapato digno de un gran Capitán Pirata.

Y así, junto con su tripulación recorrió los siete mares en busca de su calzado y llegó al reino
donde vivía el zapatero Calimero.

“Necesito un zapato, Calimero”-le dijo el pirata.

“Creo que tengo lo que busca” –le respondió el zapatero Calimero y le mostró una chancla de
playa.

“Qué cómoda parece, pero se me congelarán los dedos cuando viaje al frío mar del Norte”-
contestó Alpargata.

“Pues quizá le guste este precioso zapato de tacón” –dijo Calimero.

“Es muy bonito y elegante y la verdad es que me queda muy bien. ¡Además me hace más alto!
Pero no podré correr ni saltar al abordaje con él. Tampoco me sirve.”

“¿Y qué le parece este otro? Con este sí podrá correr – preguntó el zapatero enseñándole una
zapatilla deportiva.

“Uy, no. Me tendré que atar los cordones y con lo despistado que soy se me olvidará, me los
pisaré y me daré un batacazo.”

“Espere, ¡ya lo tengo! Hace pocos días me trajeron un zapato que alguien se dejó olvidado en
un baile en el palacio. Y sólo hay uno, así que le valdrá”. Y Calimero le sacó un diminuto
zapatito de cristal, pero en cuanto Alpargata introdujo el pie… ¡cras! Se rompió en mil pedazos.

“¡Oooh! Nunca encontraré un zapato que me sirva” –se quejaba el pirata, perdiendo toda
esperanza. El Capitán Alpargata se despidió del zapatero Calimero y se marchó, descalzo, con
su barco rumbo a otro lejano destino. Hasta que, tras varios días navegando y navegando
divisaron tierra en el horizonte:
 “¡Tierra a la vista!” -gritó el vigía desde lo alto del mástil. Habían visto una isla en el horizonte.

¿Sería la isla del tesoro? ¡No! Mucho mejor: Era la isla de los Piesdescalzos; una tribu que no
conocía los zapatos y por eso siempre andaban descalzos.

Alpargata atracó su barco en la playa de la isla y desembarcó.

“¡Por fin un sitio donde poder andar sin zapatos! Creo que me quedaré aquí a vivir” –pensó. “La
verdad es que estaba un poco cansado de viajar en el barco de un lado para otro, de buscar
tesoros y asaltar otros barcos. Sí, aquí me quedaré a vivir”.

Y así fue como el Pirata Alpargata se hizo amigo de la tribu de los Piesdescalzos y montó una
zapatería con la que hizo zapatos de todo tipo a todos los piesdescalzos.
Y colorín colorado este cuento pirata se ha acabado.

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