martes, 10 de junio de 2014

La Princesa y el guisante




Érase una vez un príncipe que quería casarse, pero tenía que ser con una princesa de verdad.
De modo que dio la vuelta al mundo para encontrar una que lo fuera; pero aunque en todas
partes encontró no pocas princesas, que lo fueran de verdad era imposible de saber, porque
siempre había algo en ellas que no terminaba de convencerle. Así es que regresó muy
desconsolado, por su gran deseo de casarse con una princesa auténtica. Una noche estalló
una tempestad horrible, con rayos y truenos y lluvia a cántaros; era una noche, en verdad,
espantosa. De pronto golpearon a la puerta del castillo, y el viejo rey fue a abrir. Afuera había
una princesa. Pero, Dios mío, ¡qué aspecto presentaba con la lluvia y el mal tiempo! El agua le
goteaba del pelo y de las ropas, le corría por la punta de los zapatos y le salía por el tacón y,
sin embargo, decía que era una princesa auténtica. «Bueno, eso ya lo veremos», pensó la vieja
reina. Y sin decir palabra, fue a la alcoba, apartó toda la ropa de la cama y puso un guisante en
el fondo. Después cogió veinte colchones y los puso sobre el guisante, y además colocó veinte
edredones sobre los colchones. La que decía ser princesa dormiría allí aquella noche. A la
mañana siguiente le preguntaron qué tal había dormido. -¡Oh, terriblemente mal! -dijo la
princesa-. Apenas si he pegado ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! He
dormido sobre algo tan duro que tengo todo el cuerpo lleno de magulladuras. ¡Ha sido horrible!
Así pudieron ver que era una princesa de verdad, porque a través de veinte colchones y de
veinte edredones había notado el guisante. Sólo una auténtica princesa podía haber tenido una
piel tan delicada. El príncipe la tomó por esposa, porque ahora pudo estar seguro de que se
casaba con una princesa auténtica, y el guisante entró a formar parte de las joyas de la corona,
donde todavía puede verse, a no ser que alguien se lo haya comido. ¡Como veréis, éste sí que
fue un auténtico cuento!

FIN

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